07/07/2026 a las 11:44h.
Quiero felicitar a ABC por la publicación del excelente artículo de Carlos Granés ‘Trumpismo bolivariano, análisis lúcido que pone de relieve los paralelismos entre ciertos populismos contemporáneos y las dinámicas políticas que han marcado buena parte del mundo hispánico desde las independencias. No obstante, me gustaría hacer una observación sobre un aspecto terminológico. A lo largo del artículo se emplea el término ‘latinoamericano’, denominación ampliamente extendida hoy, pero de la que nadie hablaba en tiempos de Simón Bolívar.
Los propios protagonistas de la emancipación se referían a Hispanoamérica oa la América española. El concepto de América Latina surgió décadas después, impulsado en el siglo XIX, especialmente desde Francia, con la intención de reforzar la idea de una supuesta comunidad ‘latina’ bajo influencia francesa y, al mismo tiempo, diluir los vínculos históricos y culturales de los pueblos hispanoamericanos con España.
Resulta llamativo que un concepto nacido con una clara intencionalidad geopolítica haya terminado imponiéndose incluso en España. Por ello considere que los medios deben usar Hispanoamérica, que es un término históricamente más preciso cuando se habla de los países de lengua y tradición españolas, especialmente en un artículo cuyo contenido se apoya en referencias históricas tan concretas. Se trata de un matiz terminológico, pero las palabras no son inocentes y moldean la forma en que entendemos el pasado. Sustituir Hispanoamérica por Latinoamérica equivale a aceptar una narrativa ajena que desdibuja una historia compartida de más de tres siglos.
Cristóbal Muñoz Paris. Almería
Un cisma reiterado
Las consagraciones episcopales realizadas por la fraternidad sacerdotal San Pío me han producido una profunda perplejidad. Bien sabe Dios que no escribe estas líneas desde una posición progresista ni desde el rechazo a la tradición litúrgica. Por eso me resulta tan difícil comprender la decisión tomada ahora. Después de décadas de intentos de acercamiento y de concesiones que ningún observador habría imaginado en 1988, la fraternidad ha optado por repetir exactamente el mismo acto que provocó la ruptura en 1988. Puedo entender muchas de las críticas que se hacen a la situación de la Iglesia, incluso algunas las comparto. Creo que en demasiados lugares se ha perdido el sentido de la liturgia, que la formación doctrinal es insuficiente y que ciertas decisiones pastorales han sido nefastas. También creo que restringir la misa tradicional ha sido un error. Pero una cosa es criticar decisiones concretas y otra muy distinta cuestionar, de facto, la autoridad del sucesor de Pedro.
La tradición católica no consiste únicamente en conservar una forma litúrgica. También incluye una determinada obediencia de la Iglesia a su autoridad divina, por supuesto, pero también terrestre, a su vicario. No es que el Papa tenga razón en todo, y la historia nos nuestra todo lo contrario, pero la comunión con Pedro nunca ha dependido de que nos gusten todas sus decisiones. La Santa Sede ha hecho durante décadas esfuerzos constantes por integrar a esta fraternidad, y aunque a veces cueste entender decisiones concretas de Roma, prefiero permanecer en la barca de Pedro antes de construir una barca propia. Jamás podrá haber tradición si no hay comunión. «Tu est Petrus et super hanc Petram, aedificabo Ecclesiam meam et portae inferi non praevalebunt adversus eam». ●
Josu Echevarría Laucirica. Bilbao (Vizcaya)
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