07/06/2026 a las 11:41h.
Escribo a las 7 de la mañana en Madrid, con un frescor que recorre mi casa, pues he abierto las ventanas para que haya corriente y salga todo el calor acumulado en la tarde noche del día anterior. Estamos en San Fermín y hoy se correrá el encierro a las 8. Cuando España estaba en el horario de Greenwich, los pamploneses cantaban hoy esta copla: «Levántate pamplonica/, levántate y pega un brinco/ que acaban de dar las cinco/ y el encierro es a las seis».
Degenerando, degenerando (como dicen en ‘Amanece que no es poco’) hemos llegado a este punto, en el que cuando se corre el encierro se han desperdiciado ya dos horas de magnífica luz y frescor inigualable. El encierro es sólo un ejemplo. Este horario ha desperdiciado dos horas de frescor para el trabajo, el comercio, la vida social… En estos días de calor insoportable, de muertos por asfixia o insolación, se pone más en evidencia la estupidez profunda de nuestros gobernantes. El cambio de hora de verano, perpetrado en marzo, hace que España desperdicie, en estos terribles momentos, una o dos horas de bienestar (según se mida por el horario de Franco o por el de Greenwich) y las sustituya por una o dos horas de infierno, libremente aceptada.
No tiene sentido que en Madrid la hora de máxima temperatura sean las seis de la tarde y que desde que amanece, a las cinco, hasta la apertura de los comercios, pasadas las 9, se tiren literalmente cuatro horas frescas para el trabajo. Es la estupidez de los políticos, particularmente en democracia. Todos son culpables. ¿El que más? Tal vez Rajoy, por tres motivos: tuvo mayoría absoluta para cambiar; es de Pontevedra, ciudad que, por estar al oeste, padece con mayor rigor estas estupideces del cambio de horario; y gusta de pasear por las mañanas temprano, lo que le hace ser consciente de que cuando él sale ya se han malgastado un par de buenas horas de fresco.
Pablo Gómez de Amezúa. Madrid
La otra ‘vía andaluza’
La toma de posesión de Moreno Bonilla estuvo marcada por el amargo sabor de quien ha tenido que renunciar a sus presuntos principios a cambio de continuar en el cargo.
El centro-derecha, o lo que él llama ‘vía andaluza’, ha de ser defensor de los principios liberales: la libertad del individuo y del ciudadano como norma fundamental de cada política, y esa libertad pasa inevitablemente por quien ha de encabezar el gobierno; Lo previsible, a falta de dos escaños y contando a Vox con solo quince diputados, hubiera sido que los populares definieran el marco de negociación a los de Abascal. Hubiera sido tan fácil como poner sobre la mesa la posibilidad de que una repetición electoral en octubre se hubiera debido a los berrinches de la extrema derecha para que los andaluces vieran el compromiso con las ideas de Moreno Bonilla, además de que otra campaña hubiera pintado bastos para Montero, con los presidentes de la SEPI nombrados por ella imputados por el juez Pedraz.
Sin embargo, el pacto PP-Vox en Andalucía no solo eleva a la categoría de vicepresidente al jefe de un grupo parlamentario de quince diputados, sino que ha convertido dicho cargo en un cajón de sastre cuya combinación ha dado poderes importantes a Gavira como Justicia, Turismo –tan importante y donde está el horrible de la publicidad institucional de nuestra autonomía– o el problema de explicar eso de la ‘desregularización’ sin caer en la xenofobia. Qué error.
Raúl Calleja. Palma del Río (Córdoba)
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