Ha muerto Julian Barnes y el mundo moderno ha reaccionado como reacciona el mundo moderno: haciéndose fotos. Durante unas semanas las redes sociales se han llenado de lectores sosteniendo ejemplares de ‘El loro de Flaubert’. Algunos incluso lo habrán leído. No seré yo quien … Critica la devoción. Barnes era un gran escritor y ‘El loro de Flaubert’ sigue siendo una novela inteligente. Pero mientras veía desfilar tantos loros en los zoológicos digitales, no podía evitar acordarme de otra ave literaria. El gallo. De Sócrates.
Porque resulta que hace casi un año que la Real Academia Española (y J.deJ.) reeditaron ‘El gallo de Sócrates’, de Clarín, y aquí no se ha entrado ni el apuntador. Ni un solo moderno sosteniendo el volumen con expresión pensativa frente a una taza de café. Y, la verdad, no saben ustedes lo que se pierden. Barnes construyó una novela estupenda alrededor de un loro. Clarín hizo algo todavía más difícil: construyó un libro entero alrededor de la inteligencia.
‘El gallo de Sócrates’ reúne algunos de los relatos más brillantes que se han escrito en español. Cuentos donde aparecen la ironía, la compasión, la mala leche, la lucidez y esa capacidad tan rara de mirar al ser humano sin hacerse ilusiones, pero sin dejar de quererlo del todo. Sus cuentos están llenos de vanidosos, hipócritas, fanáticos, necios, oportunistas y soñadores. Es decir, de nosotros. Quizás ahí resida el problema.
Barnes se preguntaba entre líneas si es posible conocer de verdad a un escritor. Clarín formula una cuestión mucho más incómoda: si somos capaces de conocernos a nosotros mismos. Por eso me hacen gracia estas modas funerarias que convierten cada muerte literaria en una romería de homenajes apresurados. Mientras medio mundo persigue al loro inglés, el gallo español, ¡ay! Sigue cantando solo desde una estantería. Esperando pacientemente a que algún lector despistado los abra y descubra, con una mezcla de placer y asombro, que aquellos cuentos escritos hace más de un siglo siguen describiendo a la perfección a los habitantes del siglo XXI. A nosotros. Que es exactamente lo que llevamos un siglo intentando no mirar.
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