Se aman en campaña y se odian cuando llegan al gobierno; dicen complementarse cuando piden el voto y se repelen cuando tienen que tomar decisiones: así son los presidentes y vicepresidentes latinoamericanos, la pareja Pimpinela por excelencia que, a pesar de estar destinada a ser … Feliz, se las arregla para acabar enemistada. Ha ocurrido en Argentina, en Ecuador, en Bolivia y en la Colombia de Petro, donde su vicepresidenta, Francia Márquez, acabó dándole un portazo: olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta.
Hago mencionar este vínculo conflictivo porque en este último país ya hay oficialmente un nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, que a partir del 7 de agosto empezará un gobierno inédito, alienado con los ultras de derecha de la región y cuyo elemento más sensato y confiable es su vicepresidente, José Manuel Restrepo. Ser ‘outsider’ y no tener ni idea de cómo funciona el Estado ha resultado ser, en estos tiempos extraños, un atributo que seduce al electorado, pero a la hora de gobernar suele convertirse en una tara que induce al error ya frustrar las expectativas. Es ahí donde entra en juego Restrepo, no solo porque tiene experiencia gubernamental y viene de la academia, sino porque su perfil sobrio y racional es necesario para dar credibilidad a un gobierno patriotero, agresivo y antiglobalista del que abomina la mitad del país.
Como buena parte de las sociedades, Colombia está dividida en dos mitades que no se sienten parte de una misma comunidad moral, que desconfían la una de la otra y no disimulan su desprecio. Abelardo no hereda un país sino una bomba de tiempo, y su labor principal debe ser desactivarla. El discurso que pronunció después de la segunda vuelta fue en esa dirección: habló de defensor la Constitución y la ley, de gobernar para todo el país y de respetar a los opositores y las voces disidentes. El problema es que sólo tres semanas antes, en medio de la exaltación, dijo que a la izquierda la iba a destripar. Sin una personalidad política clara, el presidente electo ha copiado el estilo y la retórica de Bukele, de Bolsonaro y de Milei, y es evidente que lo tientan las batallas culturales y los gestos grandilocuentes y divisivos que tanta energía y tiempo le hicieron perder a Petro.
Pero para eso no lo eligieron los colombianos. Su misión no es enloquecer a la sociedad con venganzas a opositores o discursos pendencieros que amedrentan a la izquierda ya las poblaciones minoritarias, sino enmendar los errores económicos, energéticos y en seguridad del anterior gobierno. Si la relación con Restrepo escapa al melodramático destino Pimpinela, puede tener una oportunidad. En América Latina aún no se entiende que las ideas prevalecen haciendo buenos gobiernos, no con payasadas ni con la aniquilación moral del adversario.
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