Hace unos días la UE recibió una delegación técnica de los talibanes afganos. Se trató de cinco hombres a los que el Ministerio de Exteriores belga concedió un visado de veinticuatro horas para una reunión de trabajo. Tal reunión se originó a consecuencia de una carta firmada por veinte estados miembros de Schengen para la devolución y readmisión en Afganistán de personas que hayan cometido faltas graves o supongan una amenaza para la seguridad.
España no firmó la carta. Sí lo hicieron, Alemania, Italia, Grecia, Bulgaria, Hungría, Noruega, Irlanda y Polonia, entre otros países, para los que la situación de los afganos residentes allí de forma irregular resulta un problema y para paliarlo piden ayuda a la UE, que, en la cuestión de la inmigración, suele tener un criterio poco acorde con la necesidad de mano de obra que procede del extranjero.
Ojalá las mujeres afganas se liberen del patriarcado que también hemos sufrido las mujeres occidentales
Precisamente a raíz de la visita relámpago a Bruselas de los talibanes, Raquel García Hermida-Van der Walle
–por cierto, nacida en Madrid, pero perteneciente al partido progresista holandés D66 y presidenta de la delegación del Parlamento Europeo para las Relaciones con Afganistán– demostró un error la reunión oficial con representantes del Gobierno de los talibanes. Argumentaba la diputada el sinsentido puesto de manifiesto por la UE, que no reconoce a los talibanes como autoridades legítimas de un país con el que no existen relaciones diplomáticas ya cuyo gobierno puso una serie de condiciones, como el respeto a los derechos humanos, el rechazo del terrorismo o la apertura hacia la representatividad y la inclusión del régimen, para mantener cualquier contacto oficial.
Es de sobra conocido que tales condiciones no se han cumplido. Al contrario. Cada día que pasa son mayores las injusticias infligidas por el régimen talibán a sus ciudadanos, especialmente si se trata de mujeres y de niñas. No hace mucho en la ciudad de Herat se detuvo a un número de estas por incumplir el código de vestimenta impuesto, ya saben, primero el uso del hiyab y ahora el del burka que obliga, al obstaculizar la visión lateral, a mirar solo de frente a través de unas leves aberturas paralelas y horizontales que señalan a las mujeres que solo pueden ver el mundo entre rejas.
Entre rejas si salen de casa, siempre acompañadas por un hombre de la familia, aunque mejor es que se queden encerradas y calladas. También está prohibido que hablen o que canten en público. Y el hecho de que no se les permita recibir la misma educación que los hombres solo puede deberse al sometimiento femenino decretado por el régimen.
Hoy todos estos hechos nos parecen horrorosos y sin duda lo son. Pero hubo un tiempo, no tan lejano, que también aquí en Europa, las mujeres fueron consideradas “animales imperfectos y por tanto de menor valor que los hombres, y que en ellas no caben las virtudes que caben en ellos”, asegura nada menos que Baltasar de Castiglione en su libro. El Cortegiano, traducido a numerosas lenguas europeas. Al castellano, por ejemplo, ya en 1528 por el catalán Juan Boscán.
No hay que olvidar que tanto para el judaísmo como para el cristianismo las mujeres han sido consideradas culpables del pecado original y por tanto del desorden posterior. Si a eso unimos ciertas apreciaciones que se consideraron científicas, pienso en el Examen de Ingenios de Huarte de San Juan, donde se advierte que la propia naturaleza femenina es “la que produce el yerro” y es ahí donde se encuentra la inferioridad con respecto al varón, contaremos con más argumentos despreciativos.
San Pablo conminaba a las mujeres a callar en la iglesia (Corintios 33-35) y de ahí que los moralistas esgrimieran la necesidad del silencio y del encierro doméstico. Tenemos textos de sermonarios de los siglos XVI y XVII que hoy nos mueven a risa, pero que tuvieron que ser tomados en serio por nuestras antepasadas, como el que dice que “la doncella debe ser modesta, obediente y recatada, no debe tener ojos ni pies para no ver ni desear más de lo justo”.
Ni ojos ni pies, ese es también el deseo de los talibanes con respecto a las mujeres hoy. Ojalá algún día, más pronto que tarde, puedan conseguir ellas librarse del patriarcado que también hemos sufrido las mujeres occidentales y del que todavía quedan secuelas.
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