Dicen que Bangladesh, país entre India y Myanmar, frente al golfo de Bengala, es un regalo del Himalaya, porque las aguas del Ganges y del Brahmaputra lo riegan con generosidad, sobre todo el delta donde desembocan en el Índico. Bangladesh es un regalo, pero también es un problema, porque dichos ríos llevan corrientes tan caudalosas que modifican continuamente sus cursos, inundan y destruyen las orillas y expulsan a las personas que tienen allí sus casas.
Ahí es donde aparece la arquitecta bangladeshí Marina Tabassum, que en el Congreso Mundial de la UIA que esta semana se celebra en el CCIB de Barcelona dio ayer una conmovedora lección de solidaridad arquitectónica, merecedora de una de las mayores ovaciones escuchadas en este encuentro. “Como arquitectos –dijo– tenemos la responsabilidad de ayudar a quienes pierden sus casas en las devastadoras crecidas fluviales. Lo hemos hecho creando un sistema de viviendas de doble altura, para sobrevivir a las inundaciones, y desmontables, por si hay que irse a otra parte. Compartimos nuestro conocimiento con los lugareños, les animamos a participar en la construcción. Hablamos a menudo de la arquitectura como expresión del poder, pero también lo es de la sabiduría local y de la solidaridad”.
“Decepcionamos a la gente porque creemos que solo trabajamos para ricos y poderosos”, dice Ban
Ganadora en dos ocasiones del premio Aga Khan, Tabassum es autora en Dacca de edificios de distintas tipologías, desde mezquitas hasta torres de gráciles hechuras contemporáneas, y se encargó en 2025 del pabellón Serpentine de Londres. Pero una de sus preocupaciones centrales, consciente de que la disciplina atraviesa una fase de transformación, es ayudar a quienes todo lo han perdido, oa refugiados como los rohingyas que huyen de Myanmar. Este martes participó en un diálogo moderado por Martha Thorne, ex directora del premio Pritzker, con la colega ceilandés Palinda Kannangara, quien dijo que “debemos darle a la gente algo mejor y más sostenible de lo que han recibido”.
“Trabajamos con personas que sufren inundaciones, ciclones, terremotos, dificultades económicas y, sin embargo, no pierden la esperanza. La resiliencia es eso: levantarte tras recibir un golpe y seguir enfrentándote al futuro. Nosotros no vamos a hacer otra cosa”.
Tras esta charla le llegó el turno al arquitecto japonés Shigeru Ban, pionero de la arquitectura solidaria, en la que lleva más de treinta años trabajando, acudiendo allí donde las catástrofes naturales privan a la población de todo. El arquitecto barcelonés Jordi Badia, que le presentó, recordó una anécdota compartida hace veinte años en Hungría, que define el carácter del japonés, un hombre ingenioso, empático, natural, con sentido común. “Coincidimos en un hotel, me propuso ir a cenar. No conocíamos ningún restaurante, pero él se dirigió a un joven que había en la recepción, le preguntó si tenía novia y donde la llevaba a cenar el día de su cumpleaños, y nos indicó un restaurante que resultó ser tradicional, barato y estupendo”.
Un colectivo profesional en crisis
Este martes se presentó en el congreso de la UIA un manifiesto titulado Arquitectes en crisis, arquitectura ferida, impulsado por profesionales como Beth Galí, Jordi Romeu, Eduard Rodríguez o Eduard Fernández, que denuncian la superestructura que soporta la profesión. “La burocracia excesiva, la competencia basada casi exclusivamente en el precio, la devaluación de los concursos públicos, la progresiva pérdida de reconocimiento de nuestra formación y responsabilidad y la falta de una apuesta decidida por la calidad han contribuido a precarizar una profesión esencial”. “Reclamamos –añaden en el manifiesto– que la arquitectura sea reconocida como lo que es: un bien cultural y una herramienta de transformación al servicio del interés público”.
“Si los arquitectos hemos decepcionado a la gente –principió Ban– es porque creen que solo trabajamos para los ricos o poderosos, y que buscamos una belleza que solo nosotros vemos. No quiero trabajar solo para privilegiados. Para que nos consideren necesarios debemos hablar menos de belleza y ofrecer soluciones prácticas, útiles, eficientes, si es preciso de materiales tan simples como tubos de cartón o cajas de cerveza”.
Ban, como Tabassum, tiene en su portafolio obras de gran formato, como el Centro Pompidou en Metz (Francia) o la sede de Swatch en Tokio. Pero donde ha generado mayor gratitud ha sido dando refugio a víctimas de guerras y desastres naturales, en países de África, Asia, Caribe o Europa.
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