No lo entiendo. En una comida familiar saco un libro que tengo por ahí y leo en voz alta un texto de Clarice Lispector que, incomprensiblemente, fulmina la conversación. Son apenas diez líneas que provocan un mutismo raro, sonrisas vagas. Nos refugiamos en los espaguetis. Pensaba que la lectura incitaría un debate curioso, incluso intergeneracional, con mi padre y mi hijo; no es raro que intercambiemos lecturas y estas palabras me parecieron reveladoras. Tal vez sigan comiendo en silencio por eso, a lo mejor son unas líneas tan luminosas que resultan incontestables.
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