Un mono adumbrado Bart Simpson mira al suelo y se lamenta: “Este es el verano más caliente de toda mi vida”. Se le acerca entonces Homero, risueño y clarividente, y le aclara: “Este es el verano más frío del resto de tu vida”. El meme circula vivarachamente por la red y, más allá de si suena gracioso o no el comentario pesimista, capta el sentimiento de buena parte de los usuarios que estos días han visto las aterradoras cifras de temperaturas que llegan del centro y el norte de Europa. Más que una ola de calor, es un “tsunami”, subraya un (supuesto) muchacho tuitero compartiendo lo que tantos: mapas de calor del continente, mercurios disparados, récords nunca vistos, cifras de muertes…
La mayoría no solo constata el desastre, sino que señala y apunta directamente a culpables. No se trata solo de viralizar que en Dinamarca han llegado a los 37 grados por primera vez desde que se tienen cifras o que Alemania han superado los 41. No se trata solo de mostrar cartografías que pasan del rojizo ardiente a un morado pavoroso o de reportar víctimas que se cuentan por millares. Para muchos, y de distintos ámbitos y países, se trata de proyectar consecuencias quizás irreversibles, que ya están aquí. Y se trata de exigir soluciones, que no llegan. O, si llegan, lo hacen a una lentitud tan exasperante como este sol de justicia que nos aplasta cada mediodía.
“Más que una ola es un tsunami”, dicen los usuarios, que pasan cuentas con los negacionistas y reclaman soluciones a unos dirigentes ausentes
Por ejemplo, señala el activista ecologista Bilbo Bassaterra: “Los cereales y demás cultivos no pueden crecer con normalidad en esta temperatura. La crisis climática es inseguridad alimentaria y los líderes mundiales están gastando nuestros recursos en bombardear Asia occidental”. O el jurista César Giner: “Europa descubre en plena ola de calor que sus trenes, centrales, museos, fábricas y redes eléctricas no estaban preparados para el clima que ya tiene encima. Durante años se habló del cambio climático como si fuera el futuro. Sorpresa: era el presente llamando a la puerta. Y venía sudando”. O tantos otros.
Y, como decía, se apunta a los dirigentes ausentes, titubeantes o directamente escépticos negligentes. “Todo está cambiando menos las mentalidades de algunos gobernantes que se creen que siguen en los años noventa. El negacionismo climático nos lleva al abismo”, clama la activista extremeña Irene de Miguel. Incluso corren listas de petroleras y energéticas o se señala “a los ricos” que, mientras no sufran las consecuencias, no se moverán. También es el momento, claro, de pasar cuentas con las corrientes de opinión que han permitido mirar hacia otro lado a base de teorías pseudocientíficas, comentarios cuñados o retóricas dilatorias. El momento de la ironía cuando no del reproche directo. “Hay gente que de verdad dice que el verano siempre ha sido así”. “2026, noches tropicales en Dinamarca, en junio. Lo normal”. “¿Dimensionamos ya el problema o esperamos al próximo balance de resultados?”.
No faltan los apocalípticos que auguran que “nos quedan dos telediarios” o que habrá un próximo “diluvio universal”, y eso ya no es irónico ni metafórico, pero sobre todo lo que más destacan son los silencios. Cierto es que, si en X cuantificar tendencias y estados de opinión ya es problemático, todavía lo es más medir a los que optan por llamar. Pero ante tanta provocación despertéuno echa en falta la reacción de los de siempre, omnipresentes en la conversación tuitera hablando de decadencia migratoria o gay, pero que aquí curiosamente apenas abre la boca. ¿No saben defenderse? Ni siquiera una mención tonta al primo físico que dice que no hay para tanto. Ni siquiera un simple recuerdo nostálgico a los calorets de antaño, que eso sí que era canícula. Ni siquiera un mísero comentario sobre fumigaciones varias o la Agenda 2030. ¡Qué decepción! Solo se deja ver alguna solución en forma de más aire acondicionado para nuestros pobres vecinos del norte, que esto del verano no saben lo que es, y que es rápidamente contestada: “No entendéis que la solución al cambio climático no es poner aires acondicionados en sitios todos, sino recuperar vegetación, cambiar el sistema energético, hábito alimentario…”.
Y más allá de estos silencios, aún más clamorosos son los de los dirigentes. Ni una palabra de Merz. Mutis de Macron. Starmer, ocupado en otras cosas. Frederiksen, nada. Meloni, por supuesto. Y Sánchez o Illa, pues tampoco. Y aquí seguimos, derretidos y (no) preparándonos para lo peor. Como explica un tuitero que dice ser de los ficticios Isla Bermeja y Tlön –habrá que buscar nuevos mundos para sobrevivir–, “las películas de desastres suelen empezar con unos científicos advirtiendo de la catástrofe, a los que todo el mundo ignora”.
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