Comenzaré con una simple pregunta, ¿es lo mismo morir asesinado que hacerlo por cualquier otra causa? El final sí es el mismo, la desaparición del mundo de los humanos vivos. Pero el hecho en sí mismo es totalmente diferente. Además, al morir asesinado le podemos añadir muchas otras vicisitudes. A mí la que más me impresiona es el asesinato ordenado por una fuerza dependiente de un gobierno. Así pues, me surge la pregunta: ¿cómo llamar a las innumerables muertes que están ocurriendo cada día en Gaza y Líbano, Ucrania, Sudán, República Democrática del Congo, Somalia, ¿Siria…? Ya ni siquiera parece valer la calificación de muertes como fruto destilado de genocidio o de matanzas contra la humanidad. Ninguna categoría jurídica debería hacernos olvidar el sufrimiento individual, los asesinatos perpetrados uno a uno.
Quizás el primer error que cometemos sea el vocabulario usado. No decimos asesinatos, sino que hablamos de “daños colaterales”, de “objetivos estratégicos”, de “operaciones militares”, de “respuestas proporcionadas”… Palabras pulidas y limpias de sangre que esconden una realidad mucho más cruel y mucho más brutal: personas que dejan de existir por decisión de otras personas sin relación alguna que sirva de explicación. De hecho, hasta ahora, los gobiernos están formados por personas.
Lo verdaderamente alarmante es la rapidez con la que aprendemos a convivir con las guerras.
Dicho alto y claro, me produce un profundo hartazgo comprobar cómo la muerte cambia de nombre según quién la provoca. Si un individuo mata a otro, hablamos de asesinato, pero si lo hace un ejército, entonces aparecen diccionarios enteros con metáforas para evitar esa palabra. Las víctimas, sin embargo, no aprecian ninguna diferencia.
Con el paso del tiempo parece que nos hemos acostumbrado a contemplar las guerras como quien mira la parte meteorológica llena de soles, nubarrones y probabilidades. Hoy tantos muertos, mañana algunos más, pasado quizás cientos. ¿Y dentro de un año? La noticia dura unos minutos; pero el dolor de quienes sobreviven dura toda una vida y se propaga de generación en generación. Mientras que nosotros cambiamos de canal, ellos buscan entre los escombros.
Resulta desolador comprobar la facilidad con la que la humanidad acepta lo inaceptable cuando se revisa de banderas, himnos o discursos patrióticos. Como si una frontera pudiera justificar una y millas de tumbas. Como si un mapa valiera más que un niño, una madre o un anciano.
Lo más inquietante no es solo que existan guerras. Lo verdaderamente alarmante es la rapidez con la que aprendemos a convivir con ellas. Dejamos de indignarnos. Dejamos de preguntarnos. Incluso dejamos de contar los muertos como personas para convertirlos en estadísticas.
Y las estadísticas nunca lloran. No tienen nombre ni fotografías familiares. Solo son cifras que aumentan cada día hasta que otra tragedia las sustituye en los titulares.
Mientras tanto, los responsables pronuncian discursos solemnes, hablan de seguridad, de intereses nacionales, de equilibrios geopolíticos o de victorias inevitables. Pero resulta muy difícil explicar por qué un ser humano debe morir para sostener una idea.
Tal vez el mayor fracaso de nuestra civilización no sea haber inventado armas cada vez más sofisticadas, sino haber perfeccionado nuestra capacidad para justificar su uso. Hemos aprendido a fabricar misiles capaces de alcanzar un objetivo a millas de kilómetros, pero seguimos sin encontrar las palabras que impidan apretar el botón que los lanza.
Y uno acaba sintiendo un cansancio difícil de describir. Somos mayoría los que sentimos un enorme cansancio físico, moral y ético de escuchar siempre los mismos argumentos, las mismas promesas de paz después de cada matanza y destrucción. Son los mismos discursos que, ayer y hace ya años, anuncian que esta vez será la penúltima. Nunca lo es.
Quizás haya llegado ya el momento, otra vez más y ya van cientos, de dejar de admirar la eficacia, medida en muertes y destrucción, con la que se hace la guerra y empezar a avergonzarnos de la facilidad con la que aceptamos que siga existiendo.
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