La grave lesión de Samuel Omorodion Aghehowa en febrero privó a la selección nacional de su mejor delantero de oficio, lo que no ha sido óbice para un brillante desempeño en el Mundial que esta noche concluirá con título o subcampeonato, quién sabe, pero sí … ha impedido que Sevilla completese en los campos norteamericanos una representación arquetípica de la tercera España, la única que cabe reivindicar en esta semana en que lamentamos la efeméride del comienzo de la Guerra Civil. Porque lo mejor de este equipo, y miren que tiene cosas buenas, es lo mal que sientan sus victorias a sus detractores de una y otra trinchera: a los gilipollas que despliegan en la plaza de toros de Pamplona pancartas insultantes («Puta España» «Puta selección») ya los carajotes que proclaman la pureza étnica en las terrazas del Paseo de Colón.
Samu es un futbolista del Oporto nigeriano de origen, melillense de cuna y sevillano de nación. Estaba llamado a ser el embajador de la capital de una provincia bien representada ya por los palaciegos Gavi y Fabián, e incrementar los beneficios del mestizaje en una selección que ya disfruta de Lamine Yamal, de Nico Williams y de Aymeric Laporte, un aquitano de estirpe germánica, ocho apellidos franceses y nombre de duque merovingio. Contemplar la devoción que estos chicos, más 4 futbolistas de Euskal Herria (Simón, Zubimendi, Merino, Oyarzabal), 10 de los Països Catalans (Raya, Joan García, Pubill, Grimaldo, Eric García, Cucurella, Cubarsí, Olmo, Ferràn y Víctor Muñoz) y un activista por los derechos LGTBIQ+ y del Povo Galego Ceive suscitan en nuestras niñastos de camisa oversize y pechera al aire es francamente emocionante. De repente, la chavalería cayetana ha descubierto las ventajas del multiculturalismo y las bondades del estado plurinacional.
El otro sevillano (de adopción) de la selección es su gran estrella, Luis de la Fuente, que siempre fue un heterodoxo: ganó dos Ligas y una Copa con el Athletic más abertzale e indigenista que se recuerda, el de la ikurriña de Iribar en los años de plomo de ETA, siendo riojano y sin dejar nunca de proclamar una españolidad a machamartillo. Formado como técnico en la carretera de Utrera, católico, devoto del Cachorro y taurino, expone sus convicciones sin complejos ni pide disculpas para escándalo de la hez progresista, que no concibe el éxito sin una previa sumisión al pensamiento dominante. Las calles de Bilbao y de Barcelona –no en localidades más pequeñas, por desgracia, donde es muy complicado garantizar la libertad de expresión– serán esta noche un hervidero de banderas rojigualdas gracias a los buenos oficios de este entrenador discreto y genial que no necesita sentarse en una nevera ni decir frases extravagantes ni pelearse con el lucero de alba para resaltar su brillantez. Ya están tardando el alcalde y el presidente de la Junta en condecorarlo.
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